...Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
y de baile.
-¿Qué es eso?- preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontles en
la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-Dejadle aquí.
Y el poeta:
-Señor, no he comido.
Y el rey:
-Habla y comerás.
Comenzó:
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tenido mis alas
al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida
que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano la salida
del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la
alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez
y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas
débiles; contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino
que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía
parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi
harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y
ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar
áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un
ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yamdo dando
al olvido el madrigal.
“He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
de amor.
“Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet. ¡Señor! El arte no
viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y
amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
de ala como las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un
Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.
“¡Oh, la Poesía!
“¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las
mujeres, y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero
critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y
comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El
ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
-Sí- dijo el rey, y dirigiéndose al poeta: -Daréis vueltas a un
manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza
de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.